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El pequeño de papá: el vínculo de padre e hijo

El pequeño de papá: el vínculo de padre e hijo

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Cada tanto, durante esos primeros días plenos de emoción después del nacimiento de mi primer hijo, me sorprendía absorto, observándolo como en un trance, maravillado ante cada pequeña cosa que hacía. En realidad, pasó bastante tiempo hasta que hizo algo realmente llamativo, pero de alguna manera, para mí todo era maravilloso, el perfume de su cabello, sus manos pequeñitas (con uñas sorprendentemente filosas), su respiración, los sonidos suaves que hacía al despertar y su aspecto totalmente en paz cuando dormía.

Papá en formación
Después de algunos días de absorta contemplación, la realidad me sacudió: ser papá implicaba mucho más que simplemente mirar a mi bebé. Si realmente quería que tuviéramos el tipo de relación que anhelaba, iba a tener que participar y ensuciarme las manos. (No literalmente, por supuesto. Para esa altura, ya había cambiado una gran cantidad de pañales.) Mi problema era que, al nunca haber pasado mucho tiempo con bebés, no tenía idea de lo que debía hacer. Al no ser el tipo de persona que pide ayuda (lo sé, un mal defecto), había una sola manera de aprender lo que necesitaba saber. Entonces cerré mis ojos, respiré hondo y puse manos a la acción.

Fue cuestión de minutos hasta que tuve una epifanía: mi bebé tampoco sabía qué debía hacer yo, así que no había problemas. En esas primeras semanas de su vida cometí decenas de errores, ninguno de los cuales puso en riesgo su salud o su vida, confieso felizmente. Descubrí, por suerte, algunas formas sencillas de interactuar con mi bebé que realmente parecía disfrutar.

El poder de las caricias
El primer descubrimiento fue que le encantaba cuando lo tenía abrazado. Generalmente, prefería mis brazos, pero cuando me dolían mucho y también la espalda, se quedaba feliz en el cochecito. También le encantaba que le hablara. En un principio me sentí un poco tonto por hablar (era obvio que no tenía ni idea de lo que yo le decía) pero mi voz parecía tener un efecto calmante. Le contaba cómo había sido mi día, qué pasaban en las noticias y lo que veíamos cuando salíamos a pasear.

Un consejo: las cabezas de los bebés son bastante grandes y los músculos del cuello no están bien desarrollados, entonces no las pueden sostener con firmeza los primeros meses. Por eso es crucial que sostengas la cabeza de tu bebé (desde atrás) en todo momento, y que evites movimientos bruscos o sorpresivos.

El momento del pañal
Otro gran descubrimiento fue que cuando le cambiaba los pañales, era un momento excelente para conectarnos. También era una oportunidad para acariciarle la pancita, hacerle cosquillas en las rodillas y besar sus deditos.

Jugar y crecer
Tal como les pasa a muchos papás nuevos, no tenía mucho conocimiento sobre el desarrollo infantil. Y realmente me sentí un poco frustrado cuando comprendí que debía pasar un largo tiempo antes de que mi hijo pudiera jugar a la pelota conmigo. Pero pronto descubrí otras formas de jugar con él. Le leía historias, jugaba al escondite con mis manos, le hacía caras e incluso rodaba suavemente por el suelo mientras lo abrazaba. A mis palabras, sonrisas y risas—, —él respondía con mucho placer, y cuanto más exageraba yo mis gestos, más le gustaba. Pero su capacidad de atención era más breve de lo que creí, o confié, que sería. Su límite eran cinco minutos, poco más. A partir de allí, comenzaba a llorar, a quejarse o sencillamente me miraba con una expresión totalmente aburrida.

Cuando pienso a la distancia en esa época, realmente era todo muy nuevo, y hay muchas cosas que debería haber hecho distintas."" Sé que lo que compartimos con mi hijo cuando era bebé marcó una gran diferencia en la relación que tenemos.

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